No espero ver pasar la corriente del río por mis pies;
interminable desagüe de ojos cansados.
Tu cuerpo rígido toma el corazón
y hace de la noche racimos de olvido.
No espero la tranquilidad por este rumbo escabroso,
su luz cautiva el rojo sol de madrugada.
Sollozos se descubren tras el arroz de tus pechos,
ellos serán flor de loto y abrirán la caja de mi alma.
Un caudal de luz viaja lento en tu sombra,
la rodea de musgo y agua.
La noche ya no existe en tu palabra
y la consistencia de tu lengua ya no es clara
para sanar la cicatriz de mis inviernos.
No somos el roció de rosas excitadas.
Nada importa ya, si los gritos son más fuertes
que un pez flotando en un lago oxigenado.
No somos luz de palabras brillantes.
Somos muerte sin sombra ni sueño.
Por: Javier Aranda
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