I
Es verdad, quiero comerte a dentelladas,
beberme la sangre de tus labios,
succionarlos con ternura.
Someterte a la ferocidad donde habito,
y después,
enroscada en los trozos de tu carne,
volver a crear al que eres.
Pero esta vez sin mentiras.
II
Tu lápiz registró un paréntesis,
un punto final en otra historia.
No amor,
no es tiempo de inaugurar cementerios
ni de gorriones temerosos,
aquí es de comernos beso a verso,
aquí el que tiene más saliva
no traga más pinole,
aquí quien ama lleva el fuego
y se humedece convertido en agua.
III
Gracias por leer la línea de mi mano
y ver a tanto payaso quitándose la máscara.
Lo haces suave,
tú sabes, duele ver de frente
lo que le oculté a mis ojos.
Gracias por caer sin previo aviso
aprovechar el descuido de mi orgullo,
por mi sol yéndose a pique.
Porque desde aquella tarde
te has trasformado en el hombre perfecto
en el caníbal de mis huesos
en alegría para mi sombra.
IV
Cuando llego a casa
escucho perros aullando desde la piel
descolgándose por mis dedos,
amarran mis pies,
borran mis huellas,
lamen mis pasos.
Y la niña que soy se envuelve
bajo la sábana,
intentando revivir el suave ronroneo
de tus besos de gato.
Para dormir sin ti.
V
Ya se han marchado todos.
He cerrado la puerta,
me desnudo,
escucho las rasgaduras de mi carne,
me ocupo de mi sueño.
En una vieja remembranza de inocencia,
emito una advocación al ángel de mi guarda
y dejo caer las letras de tu nombre
como cuentas de rosario.
VI
Mi cama te ventea.
El día es largo.
Dios no existe sin ti.
La vida cae a pedazos.
Encuentro tu verdad colgando
entre mi ropa:
¡qué copa tan amarga bebo!
¡qué abrazo de muerte
me llueve por la espalda!
Por: Sandra Morales Vázquez
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